Entre la larga lista de novedades del CES se esconde una noticia curiosa. LG ha decidido eliminar la función de 3D de todos sus televisores en 2017. La característica no importaba a ningún comprador y su uso era anecdótico,
según han confirmado ejecutivos de la compañía. LG se suma así a Sony,
Samsung y otros fabricantes que o bien han abandonado el soporte para
imágenes en 3D en sus televisores o, si lo mantienen, lo hacen sin darle
visibilidad alguna.
Ha llegado la hora de dar las 3D por muertas. Lo sorprendente, a
estas alturas, es que todavía aguanten en las salas de cine pero la
inversión en salas compatibles con el sistema y equipos de rodaje
posiblemente las mantenga vivas en la gran pantalla durante un tiempo.
Como experimento para el mercado de consumo, han resultado un estrepitoso fracaso.
No lo tenían fácil. Las tres dimensiones eran una propuesta compleja.
El mayor obstáculo ha sido siempre la lucha contra una cultura visual y
una industria que siempre han funcionado en dos dimensiones. No sólo
requería que en los hogares hubiese una televisor compatible con la
función sino que las cadenas de televisión y la maquinaria de Hollywood
produjesen contenido capaz de aprovecharlo de forma coherente.
Reeducar a directores y creadores para entender las posibilidades
lleva tiempo y dinero. Dinero había, tiempo no, y lo que nos ha quedado
es la resaca del entusiasmo inicial, con escenas forzadas y el abuso
típico que se hace de cualquier tecnología durante los primeros años,
mientras se buscan los límites y las posibilidades.
No ha ayudado, tampoco, que la tecnología no estuviese madura en
soportes o accesorios. Obligar al consumidor a ponerse unas gafas para
ver la televisión era una propuesta absurda, tanto con gafas activas
como pasivas.
Ha quedado en una moda pasajera, en algo que contaremos a futuras
generaciones como una curiosidad, que recordaremos como recordamos los
primeros experimentos del cine en tres dimensiones de la década de los
50.
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